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Llora como una mujer lo que no has sabido defender como un hombre.
Fatima, madre de Boabdil de Granada.

Enrique IV El Impotente (1454-1474)

Hijo de Juan II de Castilla, comenzó a reinar a los veintinueve años, después de derribar a Alvaro de Luna y de intervenir en las luchas nobiliarias por el poder, luchas que se intensificarían durante su reinado.

Siendo todavía Príncipe de Asturias, contrajo matrimonio con Blanca, hija de Blanca Navarra y de Juan I (II de Aragón). El matrimonio, que duró 13 años, nunca se consumó. Enrique confesó su impotencia y el matrimonio fue anulado por Roma a través del arzobispo de Toledo. Blanca regresó a Navarra donde le esperaba un triste destino.

Aunque el principio de su reinado fue prometedor, al firmar la paz con Navarra y Aragón y guerrear con éxito por el reino de Granada, pronto se convirtió en un numeroso cúmulo de hechos vergonzantes. El marqués de Villena, Pedro Pacheco, se encargó de gobernar; mientras el rey, de tendencias homoxesuales, se dedicaba a la caza, la música, la danza y a todo tipo de excesos y orgías. Era un gran aficionado a las costumbres musulmanas y se vestía y comía a su usanza.

Ante el aumento de partidarios a favor de sus hermanastros Isabel y Alfonso, Pacheco le aconsejo que se casara de nuevo para procurar un heredero a la Corona. Lo hizo con la hermana del rey Alfonso V de Portugal, Juana, de dieciséis añitos de edad, toda una belleza, que permaneció virgen en su noche de bodas. La corte se convirtió, de la mano de las damas portuguesas, en un lugar donde la frivolidad y el devaneo eran comunes. Enrique se prendó de una de las más casquivanas y bellas damas, Guiomar de Castro, y para evitar los celos de la reina le puso casa y criados cerca de palacio.

A todo esto, uno de los pajes al servicio de Enrique, Beltrán de la Cueva, futuro conde de Ledesma, duque de Alburquerque y gran maestre de Santiago, se había ganado, gracias a su buena presencia, la confianza del matrimonio real, "demostraba tanto amor al rey que parecía devoción y tanta devoción a la reina que parecía amor". En 1462, Juana dio a luz una niña, que fue bautizada con el nombre de su madre y a quien pronto se le apodó, La Beltraneja, por la supuesta paternidad de Beltran de la Cueva.

Por no haber sido bien aconsejado en relación con la oferta catalana y navarra de hacerse con aquellos reinos, Enrique destituyó al marqués de Villena y puso en su lugar a Beltrán. Ante esta afrenta real, el de Villena formó un partido, enemigo del nuevo valido, que trató de impedir que Juana La Beltraneja fuera nombrada heredera de la corona y propusieron como heredero a Alfonso. Enrique se avino a que su hermanastro, Alfonso, fuera declarado heredero a condición de que se casara con Juana. Así, Alfonso, quedaba en manos del marqués, auténtico triunfador de todas estas intrigas. Pero poco después, Enrique, anuló lo pactado y, presionado por su esposa y Beltran, nombró heredera a La Beltraneja. Los partidarios de Alfonso no tardaron en aprestarse a guerrear contra los realistas.

En 1467, el ejército rebelde se enfrentaba al realista sin que la victoria de Enrique fuera rotunda, y Alfonso moría, supuestamente envenenado. Los nobles rebeldes no se desanimaron y propusieron la corona a Isabel, que se negó a obtenerla en rebeldía contra su hermano. Pero el de Villena pactó con Enrique el deponer las armas si, Isabel, era nombrada heredera. Por el tratado de los Toros de Guisando (Avila-1468), Isabel fue nombrada heredera con el compromiso de no ser forzada a contraer matrimonio en contra de su voluntad, pero tampoco debería a casarse sin consentimiento del rey. Además Enrique se comprometía a que su esposa, Juana de Portugal, abandonara la corte definitivamente y fue recluida en el castillo de Alaejos (1468). Juana se fugó del castillo con su amante, Pedro de Castilla el Mozo, un nieto de Pedro El Cruel, con el que tuvo dos hijos. Más tarde terminó sus días en el convento de San Francisco de Madrid, a los treinta y seis años, poco después de la muerte de Enrique.

Isabel, que había rechazado la propuesta de matrimonio con Alfonso V de Portugal por la diferencia de edad entre ambos, no puso ningún reparo a los planes secretos de matrimonio con Fernando, que se llevaron a cabo sin conocimiento de su hermano, el rey Enrique, y que cristalizaron en las, ya citadas, Capitulaciones de Cervera (7.1.1469).

Fernando, avanzado el año 69, se trasladó, disfrazado de mozo de mulas, con una expedición de unos comerciantes aragoneses, hasta Dueñas (Valladolid), donde le esperaba Isabel. El día 19 de octubre se celebraron los esponsales, una vez obtenida la dispensa papal, necesaria por la consanguinidad de los esposos. La bula papal que el arzobispo de segovia, Don Pedro Carrillo, mostró a los novios resultó ser falsa, aunque el papa Sixto IV no puso obstáculos para otorgar su consentimiento posterior.

Cuando Enrique conoció el enlace, por carta de su hermana Isabel, y que el matrimonio había sido consumado, dio por no válido el tratado de los Toros de Guisando y nombró, de nuevo, heredera a Juana La Beltraneja. En 1473 se entrevistaron en Segovia y Enrique pareció desdecirse de su última decisión y rabieta y se comprometió a reunir a las Cortes, para que juraran a Isabel como heredera del trono. Pero Enrique falleció (11.12.1474), probablemente envenenado. Antes de morir, se le preguntó con insistencia sobre quien debería reinar, pero se negó a responder, se dio media vuelta en el lecho, se mantuvo en silencio y falleció a las pocas horas. Con él, se extinguió la línea masculina de los Trastamara. Al no quedar clara la sucesión, los partidarios de Isabel y de Juana La Beltraneja se enfrentaron en una guerra civil que duró siete años.

La ayuda material y la sagacidad política del reino de Aragón hicieron prevalecer los derechos de Isabel, que ya se había autoproclamado reina propietaria de Castilla, en Segovia (13.12.74), a las pocas horas de fallecido el rey Enrique. Tenía veintitrés años de edad y Fernando, que se hallaba ocupado en la guerra de recuperación del Rosellón, en apoyo de su anciano padre, no asistió a la ceremonia de proclamación. Cuando Fernando, a su regreso, pretendió ser reconocido rey de Castilla, por su condición de descendiente de la casa Trastamara, su esposa le convenció de que no era conveniente crispar los ánimos de los castellanos ante la guerra de sucesión que se avecinaba. En 1475, se firmó la Concordia de Segovia, por la que se estableció la parte que a cada uno le correspondía en la gobernación del reino, pacto que se institucionalizó en el lema "TANTO MONTA", (y añadíamos: "MONTA TANTO, ISABEL COMO FERNANDO").

Atrás quedaba aquella niña, hija de Juan II de Castilla y de Isabel de Portugal, nacida en Madrigal de las Altas Torres, el 27 de abril de 1451. A los cuatro años, tras la muerte de su padre, quedó bajo la tutela materna hasta que la reina perdió la razón, enfermedad que heredaría su nieta Juana I de Castilla. Isabel creció alejada de la pompa de la corte de Enrique IV y contó con la inestimable educación en retórica, filosofía e historia que se encargó de impartirle Beatriz Galindo, La Latina. Por su educación y dedicación a la lectura y el estudio, sintió poca afición por las cosas frívolas y se forjó un carácter magnánimo y justiciero. Vivió la humillante presión de la nobleza, encabezada por el marqués de Villena, sobre el rey y sobre ella misma. Se le propuso que contrajese matrimonio con Pedro Girón, maestre de la Orden de Calatrava, pero se opuso con energía. La muerte de este último, al parecer envenenado, frustró los deseos de su hermano. De estas experiencias nació su creciente oposición a la influencia de ciertos nobles en los asuntos de la corte.

Fuente: www.diomedes.com

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